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domingo, 30 de septiembre de 2007

MUNCH Y LOS CEREALES




Es cierto que el famoso cuadro del pintor noruego Eduard Munch "El grito" contiene en sí mismo tales dosis de dramatismo y expresividad, que inevitablemente logra transmitir estos sentimientos al ánimo de cualquier espectador desprevenido.

Pero… ¿a cualquier, cualquier espectador? Pues parece que sí. No hay nada más que ver la carita que se les ha quedado a estos pobres cereales, víctimas de algún desaprensivo que se los desayunaba, probablemente mientras ojeaba un artículo sobre la genial obra de arte.

viernes, 21 de septiembre de 2007

ANTOÑITO EL DEL BOCATA


No recuerdo muy bien, pero creo que es Raúl Guerra Garrido, el genial escritor madrileño, quien en algún artículo o libro cuenta una entrañable anécdota:

Hacia mediados de los setenta todos los días del año y a las mismas horas, sin excepción, un joven y menudo pintor se situaba en plena Gran Vía madrileña, en medio de la calzada, entre los coches de una y otra dirección y frente al edificio Metrópolis, con todos sus artilugios desplegados: caballete, silla, paleta, espátula, óleos y…bocata de gran tamaño del que a diario daba buena cuenta hacia las 12 de la mañana. No así su obra, que parecía no avanzar.

Dada la afluencia de tráfico en esos años, la verdad es que el hombre tampoco molestaba demasiado, hasta el punto de que los municipales de la zona le conocían y toleraban perfectamente. Así pasaban los días sin que nadie le llamara claramente la atención: él pintando y los guardias pitando.

Pero un buen día, parece ser que a la hora justa del bocadillo, atravesaba la Gran Vía una comitiva oficial, algún ministro o visitante extranjero, de modo que la circulación se dificultó considerablemente y los coches atrapados en el atasco la tomaron con el pobre artista: “eh, tu, tío, aparta, coño, no ves la que hay liada?” “Pero chaval, quita hombre, si no quieres que te lleve por delante…”

En fin, que necesariamente tuvieron que acudir dos de los guardias habituales de la zona, que le pidieron de muy buena forma: “Antoñito, joder, deja el trabajo por un día y sal de aquí. ¿No ves el folllón hay?”

El tal Antoñito se trasladó obedientemente a la acera, desde donde no se dignó dar ni una pincelada, sino que allí se quedó muy callado recogiendo y acabando su bocata, dada la hora.

Solucionado el tema, uno de los guardias le preguntó al otro: “Pero este tío ¿quien coño es? ¿Tú crees que llegará a se famoso algún día”?

A lo que el otro le respondió: “No creo…como se va a hacer famoso si se apellida López”

domingo, 9 de septiembre de 2007

LOS FAMOSOS RELOJES BLANDOS DE DALÍ SON QUESOS CAMEMBERT


Parece que ya desde pequeño a Dalí le gustaba el mundo de la gastronomía. Según él mismo decía “A los seis años quería ser cocinero. A los siete años, quería ser Napoleón. Desde entonces, mi ambición no dejó de crecer como mi delirio de grandeza”.

Ya famoso, la comida seguía siendo una afición para él: “Cocinar y pintar son artes afines. Cuando cocino, añado un poco de esto y un poco de aquello. Es como si mezclase los colores», comentaba Dalí.

Y lo que ya claramente une estas dos aficiones, es el hecho reconocido de que la idea de sus famosos relojes blandos le vino comiendo un queso camembert: “Podéis estar seguros de que los famosos relojes blandos no son otra cosa que el queso camembert del espacio y el tiempo, que es tierno, extravagante, solitario y paranoico-critico”.

Muy suyo, desde luego.

viernes, 17 de agosto de 2007

LEONARDO DA VINCI Y BOTTICELLI, SOCIOS EN EL RESTAURANTE “LAS TRES RANAS”


Poco se sabe, a nivel popular, de esta curiosa faceta de uno de los personajes más grandes de la humanidad, pero la realidad es que Leonardo da Vinci fue, durante toda su vida, no solo un gran cocinero, sino que incluso, como veréis por su propuesta de menú, fue en cierto modo un precursor de la cocina actual, tanto por concepto como por presentación de los platos.

Sus primeros escarceos en el oficio los realiza como camarero en una taberna llamada Los Tres Caracoles sirviendo comidas, donde llega en poco tiempo a ocuparse de la cocina,
abandonando el taller del maestro Verrocchio

En esta nueva aventura intenta revolucionar la cocina tradicional del Renacimiento e ingenia platos primorosamente presentados con pequeñas porciones de comida sobre pedacitos tallados de polenta, cosa a la que no estaban acostumbrados sus conciudadanos, que querían comer hasta atiborrarse, lo cual crea tal escándalo que tiene que abandonar el local

Al cabo de un tiempo, vuelve de nuevo a las andadas gastronómicas, abriendo un nuevo local con su amigo Botticelli, el gran pintor, al que llaman La Enseña de las Tres Ranas de Sandro y Leonardo, adornado con dos lienzos pintados por cada uno de ellos.

Pero nadie entra en la taberna porque a nadie le agrada pagar por una anchoa y una rodaja de zanahoria perdidas sobre una fuente por más ingeniosamente que estén dispuestas y como es lógico tienen que cerrar.

Para hacernos una idea, este es una especie de “menú degustación”, una propuesta realizada por el propio Leonardo da Vinci para una celebración en la villa de Ludovico el Moro, y que jamás fue aceptado, sino modificado por otro que contenía mucha más cantidad de carne, embtidos y marisco:

- Una anchoa enrollada descansando sobre una rebanada de nabo tallada a semejanza de una rana.
- Otra anchoa enroscada alrededor de un brote de col
- Una zanahoria, bellamente tallada.
- El corazón de una alcachofa
- Dos mitades de pepinillo sobre una hoja de lechuga
- La pechuga de una curruca
- El huevo de un avefría
- Los testículos de un cordero con crema fría
- La pata de una rana sobre una hoja de diente de león
- La pezuña de una oveja hervida, deshuesada